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El Boletín Islámico Numero 15 Pag 3 LA REVISTA NEWSWEEK HABLA DE MUSULMANES La revista Newsweek publicó un artículo de Carla Power sobre la nueva generación de musulmanes estadounidenses que practican el Islam con mayor visibilidad y luchan contra los estereotipos de los musulmanes. Los hijos de los inmigrantes musulmanes que llegaron a Estados Unidos en los años 60 están alcanzando la mayoría de edad. Piadosos y modernos, son el futuro de la fe. En El Cerrito, California, Shahed Amanullah sabe que es hora de rezar, no por la llamada del almuédano desde el minarete de una mezquita, sino porque ha sonado su PowerMac. Junto a su futón cuelga un versículo del Corán. Cerca de las estanterías -con ejemplares de la revista Wired y novelas de Jack Kerouac- hay una alfombra árabe roja para rezar. Hay una brújula de plástico cosida a la alfombra, cuya aguja apunta hacia La Meca. A la llamada programada, Amanullah comienza sus oraciones, las mismas que se recitan en todo el mundo, desde la franja de Gaza hasta Samarcanda. Con su perilla y su boina, Amanullah, de 30 años, no recordaría a nadie a Sadam Husein o a un miembro de Hezbolá, el tipo de musulmanes que aparecen en los titulares. Nunca ha fabricado un arma biológica, emitido una fatwa o quemado al Tío Sam en efigie. "Piensas en musulmán, piensas en Sadam Husein, piensas en ayatolá", dice un veinteañero estadounidense musulmán. No después de conocer a Amanullah. Californiano de nacimiento, Amanullah creció corriendo en pista, escuchando a Nirvana (el grupo musical) y leyendo el Corán. Es miembro de una subcultura floreciente: la joven América islámica. Los hijos de los prósperos inmigrantes musulmanes de los años 60 y 70 están alcanzando la mayoría de edad, y con ellos llega una nueva cultura que es una mezcla de instituciones musulmanas y estadounidenses. En Internet y en los campus, en las mezquitas de los suburbios y en los campamentos de verano, los jóvenes musulmanes estadounidenses están desafiando la percepción que tienen sus vecinos del islam como una fe extranjera y de los musulmanes como ardorosos fundamentalistas o terroristas que hacen bombas. Ese problema de imagen puede ser el mayor reto de esta generación en el Nuevo Mundo. Pocas horas después del atentado de Oklahoma City en 1995, los musulmanes eran los principales sospechosos. "Morirán", era uno de los mensajes imprimibles que se dejaban en los contestadores automáticos de las mezquitas de todo el país. Los musulmanes estadounidenses no sólo se enfrentan a los estereotipos, sino también al status quo. Como lo fue para cristianos y judíos antes que ellos, Estados Unidos es un laboratorio para reexaminar su fe. La comunidad musulmana es un repertorio de culturas: cerca del 25% son descendientes de sudasiáticos, los árabes representan otro 12% y casi la mitad son conversos, principalmente afroamericanos. La sociedad estadounidense les permite despojarse de las influencias culturales y las supersticiones que se han colado en el islam durante los últimos 1.400 años. Al volver a los textos básicos, están redescubriendo un Islam fundado en la tolerancia, la justicia social y los derechos humanos. Con 6 millones de habitantes, la población musulmana de Estados Unidos superará a la judía en 2010, lo que la convertirá en la segunda mayor confesión religiosa del país después del cristianismo. Más ricos que la mayoría de las comunidades musulmanas, alfabetizados y nativos de la única superpotencia mundial, los musulmanes de Estados Unidos están decididos a exportar su Islam moderno. Desde Oriente Medio hasta Asia Central, quieren influir en el debate sobre todo tipo de temas, desde el libre comercio hasta la política de género. En casa, es una generación empeñada en mantener su herencia islámica al tiempo que encuentra un hueco en el Nuevo Mundo. Las 1.500 mezquitas de Estados Unidos se extienden desde Alaska hasta Florida. Los musulmanes rezan a diario en los pasillos del Departamento de Estado, en bufetes de abogados y en salas de juntas vacías de empresas de Silicon Valley como Oracle y Adaptec. El año pasado, organizaciones musulmanas amargaron la vida a Nike cuando la empresa comercializó unas zapatillas con un diseño que se asemejaba al nombre de Alá en árabe. Tras las protestas, Nike retiró el diseño y empezó a impartir cursos de sensibilización a sus empleados. En Washington, el Consejo Musulmán Estadounidense ejerce presión en temas que van desde la oración en las escuelas hasta el proceso de paz en Oriente Medio. "Estamos aprendiendo a utilizar nuestra influencia", dice Farhan Memon, musulmán de 27 años y socio de Yack!, una empresa multimillonaria de publicaciones en Internet. La influencia no viene sin confianza, dice Manal Omar, una mujer musulmana criada en Carolina del Sur. Alta y con chaqueta de cuero, con un rastro de acento sureño, hace estallar cualquier imagen de la mujer musulmana aplastada y silenciosa. En el instituto, jugaba al baloncesto con el hiyab, el velo de las musulmanas ("mi entrenador casi se asusta"); en la universidad, ganó premios nacionales de oratoria. Sus amigos pensaban que debería ser cómica. Sin embargo, Omar se dedicó a ayudar a los refugiados. En su tiempo libre, trabaja en una serie de libros para adolescentes musulmanas estadounidenses: "una especie de 'Sweet Valley High' islámico", dice. Si la lucha contra los estereotipos es la mayor batalla de los musulmanes estadounidenses, son las mujeres las que están en primera línea. Criadas jugando al fútbol americano y leyendo la revista Seventeen, las mujeres están volviendo al Corán para descubrir si el Islam sanciona los velos, la reclusión y el silencio que soportan muchas musulmanas. (Respuesta corta: no.) En Afganistán o Arabia Saudí, llevar velo es la ley. En Savannah, Georgia, o Topeka, Kansas, es una declaración. "Para algunas jóvenes, el velo en Estados Unidos funciona un poco como el afro en la época del blackpower", dice Mohja Kahf, profesora de la Universidad de Arkansas. Amira Al-Sarraf, de 34 años, profesora en una escuela islámica de Los Ángeles, explica: "Los hombres no coquetean conmigo. Disfruto del respeto que recibo". En su boda, hace cuatro años, Amanny Khattab llevaba un ceil islámico bajo su vestido de tul de encaje translúcido. Recuerda el "infierno" de su primer año en el instituto de Farmingdale, en Long Island (Nueva York). "La semana antes de que empezaran las clases, me compré todo lo de moda: zapatillas Reebok, vaqueros Guess", recuerda Khattab. "Quería parecerme a todo el mundo, pero con la bufanda". No funcionó. Pero soportar todas las burlas - "cabeza de toalla", "cabeza de trapo"- la hizo dura. "Las mujeres no musulmanas creen que estoy oprimida porque llevo demasiado", dice Khattab. "Pues yo creo que ellas están oprimidas porque llevan muy poco".

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